Conocer los datos reales, a menudo, no cambia nuestra opinión sobre un tema. Al fin y al cabo, si nosotros teníamos una opinión, y nosotros por definición somos muy listos, no podíamos estar equivocados, esa opinión previa debía de ser la buena. Por lo tanto, los datos deben ser erroneos.

Este razonamiento que acabo de contar puede parecer absurdo, pero está bien documentado. Cuanto más firmes son nuestras opiniones, menos aceptamos los datos que las contradicen, aunque sean objetivamente ciertos, y más nos reforzamos en nuestras creencias iniciales. El fenómeno subyacente es la disonancia cognitiva, esa fuerza interna que nos impide mantener dos opiniones contradictorias (“yo soy muy listo y siempre había pensado X”; “yo estaba equivocado, los datos prueban que es Y”).

Por lo tanto, el resultado frecuente de presentar datos a un consumidor/ciudadano es provocar un efecto de “retroceso” (backfire), que provoca un efecto contrario al esperado: reforzar las creencias erróneas, en lugar de corregirlas. Este efecto, sumado a la idea de que las personas tendemos a sobreestimar nuestro conocimiento sobre cualquier tema, debería hacernos reflexionar: cambiar comportamientos no es algo tan racional como solemos pensar.

Escrito en BAJO LA LINEA – Blog sobre marketing below-the-line

Ir al contenido original

– Si te gustó el artículo, deja una marca social y enseñaselo al mundo. Todos te lo agradecerán, ¡No lo dudes! –